
Eran jóvenes, algunos aún menores, cuando el régimen chavista los mató. Se manifestaban en las calles de su país, Venezuela, en 2017, cuando fueron ejecutados. Nueve años después, sus familiares aún esperan que se haga justicia. Este miércoles, han recordado desde Madrid a sus seres queridos a través de testimonios, fotografías y objetos personales. Y exigen al Tribunal Penal Internacional (TPI) y a los Estados que forman parte del Estatuto de Roma, como España, que aceleren el caso Venezuela I, en el que se investiga al Gobierno chavista por crímenes contra la humanidad. Exigen que se emita una orden de arresto a quien consideran el principal responsable por la muerte de sus hijos, Nicolás Maduro, y que este sea condenado por asesinato.
Padres y madres que han perdido a un hijo, hermanos que son ahora hijos únicos y tíos ya sin sobrinos se han reunido en el número 30 de la calle Jorge Juan de Madrid para recordar juntos a sus seres queridos, asesinados a manos del régimen de Maduro, en el poder hasta el pasado 3 de enero, cuando fue capturado en un ataque militar estadounidense. Algunos, que ahora viven en España, han viajado desde otras ciudades para estar presentes, como Valencia o León, y los que no podían hacer la ruta, también se han sumado a la convocatoria, pero por videoconferencia.
Con el respaldo de Venezuelan Press, alzan su voz, acompañados por los juristas Soranib Hernández Deffendini; Blas Jesús Imbroda Ortiz, abogado acreditado ante el TPI, y Juan Carlos Gutiérrez, también reconocido por el alto tribunal.
Juntos impulsan ante el TPI una denuncia contra la cadena de mando del régimen chavista por crímenes de lesa humanidad y el asesinato de sus hijos. Solicitan que esta se incluya en la investigación Venezuela I del TPI. En ella acusan al régimen de asesinatos y ejecuciones extrajudiciales contra sus hijos y sostienen que las acusaciones están fundamentadas en evidencias sólidas, como numerosos testimonios e informes remitidos a la Fiscalía del alto tribunal.
“Venezuela tiene 27 años de desastre”, lamenta Isabel de Figueiredo. Su hijo Diego Fernando Arellano de Figueiredo se manifestaba en las calles del país caribeño cuando recibió el disparo que acabó con su vida. Tenía 31 años. Ella acepta que en Venezuela no se haya hecho nada al respecto, pero no llega a entender por qué “afuera” tampoco se ha hecho nada para buscar justicia.
Carlos Moreno coincide con ella y califica a Venezuela como un “Estado fallido”. Su hermano, Paúl René Moreno Camacho, de 24 años, murió arrollado cuando protestaba contra el régimen por quien considera como “un civil protegido por el poder económico”. Reclama, al igual que De Figueiredo, que la comunidad internacional no haya actuado en Venezuela ni condenado de forma contundente la brutalidad del régimen de Maduro: “El mundo sencillamente ha puesto la cara de lado”. No cree, sin embargo, que la intervención de EE UU en Caracas haya resuelto la situación en el país. “Donald Trump ha impartido su propia justicia y en los límites de su moralidad, una cosa sumamente peligrosa”, advierte.
Esa idea de “Estado fallido” la comparten todos los familiares presentes. Pedro Quelis, tío de David Quelis Aracas, de 17 años, recuerda como su sobrino fue asesinado por la “actuación brutal” de las autoridades venezolanas. “Un policía bárbaro le disparó un proyectil en el cuello”, denuncia. Quelis sostiene que la muerte de su sobrino también provocó la de su hermana y madre de David, que se suicidó poco después de perder a su hijo. Afirma, además, que las agresiones a tiros contra los jóvenes manifestantes eran parte de una estrategia reiterada del Gobierno. “Las armas usadas y las zonas de impacto, es decir, la cara, el cuello, o el pecho, son actos destinados a causar la muerte que ponen en evidencia un patrón de Estado”, coincide el jurista Juan Carlos Gutiérrez. “Maduro debe pagar por todos estos asesinatos”, añade Quelis.
Los padres de Armando Cañizales Carrillo, Israel y Mónica, también afirman que “los disparos fueron parte de un plan sistemático: jóvenes y disparos a la cara, el cuello y el pecho”. Aunque la madre se niega a hablar de su hijo, sí opina sobre la situación en su país: “Tenemos muy claro que queremos a Venezuela, como tierra, pero dejamos de quererla por todo lo que pasó”. “Le entregué la vida de un hijo a un país. Lo mínimo alcanzable que pedimos es justicia. No venganza, justicia”, asegura su esposo, que afirma que “cuesta nombrar” a “la persona que está en Nueva York”. Armando tenía 18 años. “Pedimos justicia, pero no solamente a esa persona [Maduro], sino a cada uno de los responsables”, añade.
David Vallenilla, padre de David José Vallenilla Luis, asesinado en una protesta en Caracas por un agente de seguridad del Estado, con 22 años, considera insuficiente la actuación de la justicia. En su caso, afirma que recibió lo que llama una “justicia parcial”, al haber sido condenado el funcionario a una pena de 23 años. El Gobierno chavista alegó que el arma con la que disparó al joven se cargó de forma indebida. “Le pregunté [al funcionario]: ‘¿Por qué no le disparó en las piernas si era para neutralizarle?’ No me respondió“. Por ello, considera que Maduro es “corresponsable” del asesinato de su hijo.
Neomar Lander y Zugeimar Armas, padres de Neomar Alejandro Lander Armas, son los últimos en tomar la palabra. Están acompañados de su hija, Paola, hermana del joven asesinado a los 18 años. La muerte de su hermano fue uno de los casos más mediáticos de las protestas de 2017, tanto que algunos de sus familiares se enteraron de que el joven había fallecido por la televisión. Un vídeo, compartido durante la rueda de prensa y difundido de forma masiva en el país caribeño, muestra el momento en el que recibe un disparo de un policía.
“Era él solo frente a 20 policías”, lamenta su madre. “Es muy difícil ver este vídeo, pero lo publicaré tantas veces como sea necesario”, asegura. Armas fue quién tuvo la dura labor de identificar el cuerpo de su hijo. Cuando llegó a la clínica donde lo trasladaron, esperó una hora antes de poder entrar a verle. El profesional encargado de mostrarle el cuerpo tenía la orden de solo enseñarle la cara, pero acabó descubriendo el cadáver por completo. “Tenía un hueco en el pecho”, recuerda la madre.
