
Las conversaciones para pactar una nueva coalición en Países Bajos afrontan este enero su momento decisivo. El progresista Rob Jetten (38 años), ganador por sorpresa de los comicios del pasado octubre al frente del partido liberal de izquierdas D66, negocia formar un Gobierno en minoría junto con la democracia cristiana (CDA) y el Partido Popular por la Libertad y la Democracia (VVD) —liberal de derecha—. De lograrlo, el nuevo Ejecutivo contaría con 66 escaños, a 10 de la mayoría de 76 en un Parlamento de 150 diputados, lo que supondría una situación excepcional en la tradición política nacional. Por eso, los tres partidos quieren hablar con el resto de las formaciones sobre el tipo de apoyo que podrían prestarles para aprobar los asuntos más relevantes.
El trío negociador, D66, CDA y VVD, tienen de plazo hasta el 30 de enero para redactar un acuerdo marco de gobierno, y aunque Jetten se perfila como el próximo primer ministro, la negativa del VVD de negociar con la alianza entre ecologistas y socialdemócratas (GroenLinks-PvdA) ha acabado por sacarla de la ecuación. Es justo lo que Jetten pretendía evitar para no escorar al futuro Gobierno hacia la derecha. De todos modos, hay sintonía entre las tres formaciones negociadoras. “Aunque será un trabajo duro para el nuevo equipo de Gobierno, creemos que podemos hacerlo”, declaró Jetten el pasado viernes, al anunciar la búsqueda de un acuerdo en minoría. “Hay una nueva realidad política, y sería estupendo que avanzáramos hacia una nueva cultura política”, añadió Henri Bontenbal, líder democristiano.
El bloqueo del VVD a los verdes y a la socialdemocracia ha complicado los planes de Rob Jetten, que esperaba incluir a la alianza de izquierda en las negociaciones. Sin embargo, no ha conseguido convencer a Dilan Yesilgöz, líder del VVD, que no quiere formar parte de un Gobierno donde haya miembros de GroenLinks-PvdA. Otra cosa sería pactar algunas medidas con ellos. Ambos partidos quedaron tercero y cuarto, respectivamente, en las pasadas elecciones generales, y al principio parecía que el rechazo de Yesilgöz era más hacia Frans Timmermans, exlíder socialdemócrata y exvicepresidente de la Comisión Europea. A pesar de que este abandonó la política activa al ver que había quedado lejos del primer puesto, Yesilgöz no ha cambiado de opinión. Mantiene su rechazo, sabedora de que el secreto de las formaciones en su país no es otro que negociar hasta la extenuación. Con afines y, a veces, con aparentes rivales. Por su parte, Jetten no quiere pactar con JA21, otro partido de derecha.
Mucho más fácil ha sido mantener otro freno para todas las formaciones con posibilidades de gobernar. Ninguna quiere pactar con el Partido por la Libertad (PVV) del líder ultra Geert Wilders. A pesar de que consiguió el mismo número de escaños (26) que el D66 y de que Jetten solo le sacó 29.668 votos de diferencia, según la Junta Electoral, nadie quiere hablar con Wilders. Fuera del juego del poder, el líder ultraderechista ha prometido ejercer “una oposición contundente”. En junio pasado, Wilders hizo saltar por los aires el Ejecutivo anterior, donde era mayoritario, por exigir mano dura en inmigración.
Tanto Jetten como Yesilgöz y Bontenbal se retiraron a pasar las vacaciones de Navidad con “buenas sensaciones” y confiando en poder cumplir el plazo del 30 de enero. Ese día tendrían que presentar un acuerdo lo bastante sólido en materia de finanzas, sanidad y seguridad social, contaminación, inversiones y recortes presupuestarios que les permita pasar a una nueva fase de “conversaciones preliminares”, camino ya de un pacto. “Somos conscientes de que debemos tender la mano a otros partidos, y esa es una parte de las conversaciones que tendremos en enero”, dijo entonces Jetten.
Energía y optimismo
Antes de las elecciones generales de octubre, Rob Jetten partía como el jefe de un partido pequeño —D66 tenía nueve escaños— pero con experiencia en siete coaliciones gubernamentales. Supo aprovechar los debates televisivos, en especial uno al que no acudió Wilders porque había recibido amenazas. Y dio una imagen de político con energía y optimismo. Al mismo tiempo, y cuando iba muy por debajo de Wilders en las encuestas preelectorales, subió a un escenario donde tenía como fondo la bandera nacional neerlandesa. Dijo: “Quiero derrotar a Wilders”, y dejó claro que no toleraría que el líder ultra se apropiara de la enseña nacional.
Poco a poco, y corriendo riesgos, Jetten fue ampliando su identidad social-liberal con un mensaje que pretendía sacudirse el estancamiento del Gobierno anterior, que fue una coalición de cuatro partidos de derecha donde el PVV de Wilders era mayoritario. Jetten, que es abiertamente gay y decidió decirlo muy pronto en su carrera para evitar que fuese un lastre, atrajo a votantes socialdemócratas y liberales de derecha, a tenor de los sondeos. Hasta el eslogan de su campaña, “Het kan wél” (Sí se puede), era una casi un calco del “Yes we can” (Sí podemos), del expresidente estadounidense Barack Obama.
Ahora, el discurso optimista y el sueño de cambio que suele arrastrar al votante tendrán que traducirse en hechos. El futuro primer ministro, tal vez más al centro que antes en su carrera política, afronta un Parlamento con mayoría de partidos conservadores de derecha que suman unos 90 escaños. En un complejo ejercicio de estilo, tendrá que manejarse en un escenario conservador sin decepcionar a los votantes a derecha e izquierda que ha ido ganando.
