En tiempos de ataques relámpago y diplomacia a garrotazos arancelarios, la primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, y el presidente surcoreano, Lee jae-Myung, se han sentado un rato juntos a tocar la batería. El breve ensayo de diplomacia musical entre los líderes de dos países que no siempre se han llevado bien ha tenido lugar el martes, en un receso de la cumbre entre ambos celebrada en la ciudad nipona de Nara, durante el viaje de Estado del surcoreano Lee al país vecino.
Las imágenes, publicadas este miércoles, son de una fuerte carga simbólica: en esta era de poder duro, ambos reivindican la fuerza del poder blando ―ese que se ejerce mediante la persuasión y no por la coerción militar, con la transmisión de cultura y valores―, y tratan de demostrar que son capaces de acompasar los intereses de sus respectivos países.
En los vídeos y fotografías se les ve sonrientes. Takaichi mueve las baquetas con soltura; Lee sigue el ritmo a duras penas. Fue ella quien dirigió la sesión, enseñándole a tocar la batería, ha asegurado el gobierno surcoreano. La dirigente japonesa, una ultraconservadora, de corte nacionalista y defensora de valores tradicionales, es sin embargo conocida por haber tocado la batería en una banda de heavy metal en su juventud. Le pegaba duro: rompía varias baquetas por ensayo. Su canción favorita es Burn, de la banda británica de rock Deep Purple.
Lee y Takaichi tocaron mano a mano al ritmo de Golden, la canción principal de Las guerreras K-Pop, la película más vista en la historia de Netflix, galardonada en los Globos de Oro. También tocaron Dyamite, de BTS. Música surcoreana sobre instrumentos japoneses: ambos le atizaron a una batería de la mundialmente famosa marca nipona Pearl.
“Tocar la batería ha sido un sueño que tuve durante mucho tiempo, por lo que estoy especialmente agradecido a la primera ministra [Takaichi] por la atenta consideración“, ha comentado Lee en redes sociales. Y, con una mensaje en clave diplomática, ha agregado: “Así como Corea y Japón han respetado las diferencias de cada uno y se han adaptado al ritmo del otro, también han profundizado su cooperación. Espero que podamos acercarnos paso a paso”.
Takaichi ha explicado que, cuando se conocieron el pasado octubre, durante un foro asiático celebrado en Corea del Sur, el presidente de este país le confesó su sueño de tocar la batería. “Así que le preparé una sorpresa”, ha expresado Takaichi también a través de redes sociales.
Acuerdo económico
El momento musical no deja de ser una anécdota de una visita en la que se han tratado asuntos complejos. Ambos países, dos de los grandes motores productivos de Asia y aliados clave de Estados Unidos en la región, han acordado profundizar sus lazos en materia de “seguridad económica”, ha dicho Takaichi. El encuentro ha tenido lugar en un momento en el que Japón se enfrenta a una nueva ronda de controles a la exportación de recursos críticos, incluidas las tierras raras, por parte de China.
Este último zarpazo de restricciones, anunciado por Pekín la semana pasada, es uno más del rifirrafe diplomático que lleva en marcha meses. El choque, que bebe de recelos históricos anclados en las guerras sinojaponesas, se fraguó al poco de asumir Takaichi el cargo en octubre de 2025, cuando la primera ministra ―defensora de un Japón con mayor empaque militar― sugirió que un intento chino de bloquear o apoderarse de Taiwán podría suponer “una amenaza existencial” para su país, lo que justificaría el despliegue de las Fuerzas de Autodefensa japonesas (el Ejército nipón). Pekín montó en cólera.
“A medida que el entorno estratégico que rodea a ambos países se torna cada vez más severo, las relaciones entre Japón y Corea y la cooperación entre ambos países adquieren cada vez mayor importancia”, ha añadido Takaichi tras la cumbre con Lee. “El presidente Lee y yo confirmamos que Japón y la República de Corea deben trabajar juntos para desempeñar su papel en la promoción de la estabilidad regional”.
La cercanía mostrada a la batería cobra aún más significado tras la visita a China que hizo Lee la semana pasada, la primera de un presidente surcoreano en nueve años. Los medios chinos le dieron enorme relevancia. Las imágenes de este otro viaje también transmitieron sintonía, con Lee haciéndose un selfi junto a su homólogo, Xi Jinping, y las esposas de ambos, con un teléfono de marca china que le había regalado el líder comunista la última vez que se vieron, en octubre, en Corea del Sur.
Durante el encuentro, además, Xi le pidió que unieran fuerzas para “salvaguardar los frutos de la victoria en la Segunda Guerra Mundial”, una frase que puede interpretarse como una llamada para frenar lo que Pekín considera un creciente militarismo japonés. Lee agregó, también según el comunicado oficial chino, que ambos países “lucharon juntos contra la agresión militarista japonesa”. La lectura oficial surcoreana del encuentro, en cambio, omitió este intercambio.
Lee llegó al poder en junio y vive un momento de proyección internacional, con énfasis en la región asiática, después de haber albergado la cumbre de la APEC (Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico) en su país en otoño. Las encuestas le dan un nivel de aprobación de en torno al 60%, mientras sigue estrechándose el cerco judicial contra su antecesor, Yoon suk-Yeol, depuesto tras un intento de golpe de Estado. Esta semana, la fiscalía ha pedido formalmente la pena de muerte para el expresidente durante el juicio en el que se le acusa de liderar una “insurrección”.
Mientras, en Japón, Takaichi ha registrado esta semana una tasa de aprobación sorprendente, superior al 78%, y la prensa nipona ya ha comenzado a comentar los rumores de unas elecciones en febrero con las que la primera ministra aspiraría a afianzar su mandato. La actual jefa del Ejecutivo se convirtió en octubre en la primera mujer en asumir el cargo en Japón, después de la renuncia de su predecesor Shigeru Ishiba. Ambos son compañeros de filas del conservador Partido Liberal Democrático, y se han visto obligados a gobernar sin mayorías parlamentarias, a medida que el apoyo al PLD se ha ido diluyendo en los últimos años en favor de formaciones de extrema derecha.
