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RADIO AZTECA DIHITALL > Blog > Noticias > La vida en Cuba tras la amenaza de Trump: “Esto es un barco a la deriva”
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La vida en Cuba tras la amenaza de Trump: “Esto es un barco a la deriva”

Última actualización: enero 11, 2026 8:43 am
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¡Fieles, dignos, heroicos!Plantas soviéticas, crudo cubanoSi no lo hubiera vivido, no lo creería

Hace ya 67 años y La Habana todavía recuerda la entrada victoriosa de Fidel Castro y el resto de sus barbudos. Tras salir por la mañana de un colegio militar, un convoy de camiones avanza a medio día desde el Malecón atravesando la ciudad por la misma ruta original. Subidos en los camiones verde oliva, hay chicos y chicas jóvenes con banderas rojas, puños en alto y vivas a Fidel. En la acera, se ha ido arremolinando gente: alguna bandera, alguna pancarta, pero lo que más resalta son las camisas amarillas de los teleoperadores de la agencia de turismo estatal y los uniformes del colegio. Es también tradición que cada 8 de enero, los trabajadores públicos y los estudiantes tengan permiso, por utilizar el eufemismo oficial, para tomarse una pausa y salir a celebrar el insólito triunfo armado del socialismo en esta isla del Caribe. Un experimento que, después de tantas décadas de equilibrios geopolíticos, idealismo, mano dura autoritaria y aislamiento, atraviesa una de las etapas más frágiles y difíciles de su historia.

Tres funcionarios ya canosos, que acaban de bajar de un edificio que todavía tiene un letrero en el tejado que dice con letras grandes y rojas Patria o Muerte, charlan sobre del delicado momento en que ha caído este año la efeméride, apenas una semana después del ataque de Estados Unidos en Venezuela. “Tengo casi los mismos años que la Revolución y llevo toda la vida preparado para un ataque”, dice uno de ellos, “hemos crecido y nos hemos hecho viejos con esa tensión. No sabemos vivir de otra manera. Así que, ya puede venir Trump y todos los gringos que quieran, que a aquí nos vamos a defender”.

Para justificar su ardor guerrero, el funcionario cubano cita nada menos que a la CIA, que reconoció hace poco en un documento desclasificado que había intentado al menos ocho veces liquidar a Castro, fallecido en la cama hace nueve años. Las cifras de la Inteligencia cubana son ligeramente más altas: 638. “Tenemos el récord Guinness de intentos frustrados de magnicidio”, dice apuntando con el dedo a una foto del Comandante en jefe colocada en el parque pegado a la carretera y que recuerda otro lema épico: ¡Vas bien, Fidel! ¡Hasta la victoria siempre! Según la lógica de este oficinista del Ministerio de Interior, si después de tanto tiempo se han salvado de francotiradores, explosivos, misiles, desembarcos terrestres y hasta puros con veneno y un traje de buzo con hongos, los líderes de la revolución son ya casi indestructibles a cualquier ataque estadounidense.

Un auto abandonado en la calle Belascoain en el centro de La Habana.MARCEL VILLA

El optimismo inflamado, envuelto en todos los mitos y leyendas que acompañan a la revolución castrista, es solo uno de los estados de ánimo de La Habana en estos días de máxima tensión e incertidumbre. Tras la captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, aliado estratégico del castrismo y principal sostén económico con el envío de toneladas de petróleo, la mira de Trump apunta ahora explícitamente a Cuba. La amenaza de consumar el derrocamiento del vecino incómodo y comunista parece estos días más verosímil que nunca, incluso más que en los tiempos de la Guerra Fría. Y en la capital cubana, se respira una mezcla de emociones a veces contradictorias, pero todas atravesadas por la precariedad extrema del presente y la ansiedad del futuro.

Un cóctel que va desde el hartazgo de un ingeniero militar retirado, al que su pensión mensual solo le alcanza para comprar un cartón de huevos; la esperanza de la madre de un joven humilde, condenado por sedición en una cárcel de máxima seguridad tras las masivas protestas de 2021; el dolor y la rabia de la amiga de uno de los escoltas cubanos de Maduro muerto durante el ataque en Caracas; la frustración de una familia de la periferia que sufre apagones de más de 10 horas al día; la desesperación del taxista de un Cadillac rosa de los años cincuenta que no tiene ni gasolina ni turistas a los que dar un paseo para sobrevivir; la tristeza de una abuela que vive entre basura y escombros en La Habana Vieja; la incertidumbre y la expectativa de un pequeño empresario al que le va bien con la ligera apertura económica de los últimos años; o la desolación de los jóvenes que viven en la calle enganchados a nuevas drogas sintéticas que empiezan a carcomer a los más olvidados de la isla.

El ataque a Venezuela, que ha puesto patas arriba el orden internacional, llega en un momento especialmente frágil para el castrismo, que acumula una interminable sucesión de crisis: los peores apagones por la falta de petróleo para alimentar sus vetustas termoeléctricas soviéticas. Desabastecimiento de medicamentos, en medio una crisis sanitaria que incluye dengue, chikungunya y otros virus respiratorios. Migración masiva, al menos un millón de personas en los últimos cinco años, más de 10%. Desigualdad e incluso miseria y mortalidad infantil, promesas que el castrismo había logrado cumplir hasta ahora. Un colapso económico, que ya no niegan ni los más acérrimos al régimen, aunque siguen señalando al larguísimo embargo estadounidense como principal causa. El propio presidente, Miguel Díaz-Canel, cesó este verano, en un movimiento insólito, a la ministra de Trabajo por unas grotescas declaraciones negando que hubiera mendigos en el país sino, “personas disfrazadas de mendigos”.

Hombre bajo los efectos de la droga “el químico” en el Centro de La Habana.MARCEL VILLA

Lejos queda la época del deshielo. Hace ahora una década, los presidentes Barack Obama y Raúl Castro anunciaban la reanudación de las relaciones diplomáticas tras 57 años. No se levantó del todo el embargo, pero Obama visitó La Habana y suavizó las sanciones, permitiendo la llegada de cruceros y aerolíneas estadounidenses. A cambio, el castrismo liberó a presos políticos y aceptó aumentar el acceso a internet y abrirse algo más a las empresas privadas. Todo eso quedó en nada a los pocos años con la pandemia y la primera llegada de Trump al poder. La dura represión de las protestas en 2021, con cientos de jóvenes aún encarcelados, complicó a Joe Biden justificar la relajación de las restricciones. Ya con el segundo mandato del magnate republicano, la nueva vuelta de tuerca apuntaló la asfixia económica con más sanciones.

Desde entonces, casi todos en la isla están de acuerdo en que ahora están incluso peor que durante el llamado Periodo Especial, cuando a principios de los noventa, con la caída del bloque soviético, Cuba perdió su principal salvavidas. Desde entonces, las palabras de la calle, el argot, explican las cosas mejor que los análisis finos. “Cuba es un bayú”, un desorden, un relajo. “En Cuba todo el mundo está en la lucha”. Es decir, buscando como sea la manera de sobrevivir.

¡Fieles, dignos, heroicos!

El acto del 8 de enero arrancó con un minuto de silencio por los 32 militares cubanos que formaban parte del anillo de seguridad de Maduro. Díaz-Canel dijo que defendería “la Revolución Bolivariana y chavista”, su aliado y socio estratégico frente al embargo, con una política de intercambio de petróleo venezolano por médicos y asesoría en seguridad e Inteligencia cubana. Horas después, Díaz-Canel entonó un particular mea culpa al decir: “Debemos sentirnos responsables todo lo que funciona mal en Cuba”. El Granma, el histórico periódico fundado en 1965 cómo el brazo informativo y propagandístico del Comité Central del Partido Comunista, salió a los pocos días con una de sus portadas épicas: “Fieles, dignos y heroicos”.

Uno de los 32 militares muertos era Yunio Estévez Samón. Era de los más jóvenes, 32 años. Yunio, sin r al final, porque la registradora civil lo inscribió en ese error, recuerda por teléfono su amiga Claudia Rafaela Ortíz, con la que se crio en un pueblo rural de la provincia de Guantánamo, donde “los días de lluvia llegaba hasta su casa de guano (hoja de palma) y tierra sobre un caballo sobre el fango”. Fue el primer universitario de su familia y el primero en viajar por el mundo, “contra todo pronóstico, por la pobreza en la que nació”. Con una beca del Ejército estudió matemáticas y criptografía en Rusia. Tenía tres hijos y habló con su amiga por última vez en Navidad: “Quería comprarse una casa con los ahorros del trabajo en la misión en Venezuela”.

Había llegado a Caracas hace un poco menos de dos años y su amiga asegura que “lo mataron cuerpo a cuerpo tras dos horas de combate, esperando una apoyo que nunca llegó”. A Ortiz, le molesta “la deshumanización de los militares muertos para pegar a nuestro Gobierno”. Con la publicación de los nombres y los rostros de los escoltas, estos días comenzaron a publicarse acusaciones de abusos dentro y fuera de la isla. Ortiz considera que “todos los países tienen acuerdos de seguridad e Inteligencia. Yo lo que quiero es que a Cuba regresen los alimentos y las medicinas. Que vuelva el país en que nací. Pero no que se convierta en Panamá o Puerto Rico, que transite hacia la libertad y la justicia, no hacia la desigualdad”.

Caravana de la Victoria en la calle 23, Vedado, en La Habana.MARCEL VILLA

El acuerdo de petróleo por médicos y militares se fraguó en 2004, poco después de que Hugo Chávez ganara un referéndum tras un golpe de Estado fallido en su contra y coincidiendo con la fundación del ALBA, una iniciativa de integración regional entre los gobiernos de izquierda de la época. Tres años después, el propio Chávez inauguró la Casa del Alba en Cuba. En el centro, un elegante palacete colonial en el barrio del Vedado, una foto de Chávez y Fidel con el lema “lealtad infinita” preside la entrada. Ya dentro, una de las trabajadoras cuenta que antes incluso de la llegada de Chávez, Maduro estudió varios meses aquí, en La Habana, “formándose en la ideología marxista en una escuela política. Sería el año 86 o así, cuando era un joven militante de la Liga Socialista”.

Desmantelar la conexión Caracas-La Habana era una de las obsesiones del actual secretario de Estado estadounidense, Marcos Rubio. En 2019, cuando Juan Guaidó lanzó un desafío a Maduro con el respaldo de la primera Administración de Trump y se proclamó presidente interino de Venezuela, ese pulso dio paso a unos meses de vértigo en los que se vivió un clima de cambio inminente de régimen. No sucedió y el entonces todavía senador republicano en Florida, hijo del exilio cubano, dijo que “la única razón por la que no ha caído Maduro es por el apoyo de la Cuba”. La Inteligencia estadounidense aseguró también que el presidente venezolano tenía incluso un avión listo para su escapada a La Habana. En la Casa Blanca han aprendido la lección para provocar una reacción en cadena. “Sin el petróleo venezolano, Cuba está a punto de caer, se está hundiendo definitivamente”, ha dicho Trump estos días.

Plantas soviéticas, crudo cubano

Todo este barrio acomodado de La Habana lleva horas sin luz, pero Ernesto López, que accede a hablar con un nombre ficticio, es un hombre tranquilo porque conoce los trucos. Fue militar, estudió ingeniería termoeléctrica en Rusia y trabajó más de 50 años cuidando como un relojero las plantas rusas, checas y húngaras construidas en Cuba durante la Guerra Fría. Con la caída de los aliados soviéticos, que enviaban el combustóleo ligero para alimentar la plantas eléctricas, el Gobierno tuvo que empezar a quemar su propio crudo pesado, viscoso y lleno de azufre. “Ese crudo no es para eso, empezaron a explotar los tubos y a quedarse fuera de servicio. El mantenimiento es muy caro y desde entonces estamos con este problema”, cuenta sentado en el salón de su casa, de las pocas iluminadas en el barrio gracias a un cacharro digital que almacena electricidad.

Apagón en la calle Belascoain en el centro de La Habana.MARCEL VILLA

“Otros tienen un generador, pero eso también necesita gasolina, mete mucho humo y mucha bulla. Yo prefiero esto”, dice señalando un cubo negro con una pantalla que tiene debajo de la televisión y que le va avisando de la electricidad que le queda. El aparato le costó unos 400 dólares, y fue un regalo que le mandó su hija desde España, donde trabaja como ingeniera en una compañía internacional. Si no fuera por la ayuda de la familia que se fue fuera, cómo casi todos los cubanos, López necesitaría dedicar más de tres años de su pensión solo a pagar el aparato. Cobra 3.000 pesos, unos 10 dólares al mes, lo que solo le alcanza para comprar una docena de huevos.

“Estamos hasta los cojones”, dice sin levantar mucho la voz. No confía demasiado en que los proyectos de plantas fotovoltaicas chinas logren mejorar mucho la situación, que actualmente apenas da para cubrir un tercio de la demanda eléctrica del país. López hace semanas que no saca su coche del garaje. Lleva más de un mes esperando que le toque su turno para acudir a una gasolinera, según la aplicación digital que ha lanzado el gobierno para tratar de organizar el caos y la escasez. López también se contagió hace poco de chikungunya, un mosquito “que te tumba en la cama con fiebre y hasta te puede matar”. Se medicó con paracetamol, que en las farmacias cuesta unos tres dólares, pero no había en casi ningún sitio. Tuvo que acudir al mercado negro, donde una caja cuesta casi 20 dólares, y solo con la ayuda de su hija pudo permitírselo.

La desesperación de López es parecida a la de un conductor de taxi, que prefiere no dar su nombre. También ha pasado el virus del mosquito, también sufrió la escasez de medicinas, pero además apenas tiene clientes para su trabajo. El turismo ha caído casi un 50% desde la pandemia y con las restricciones de Estados Unidos, el mayor flujo turístico tradicionalmente, ahora son sobre todo chinos y rusos lo que llegan, aunque a cuentagotas. Apoyado en la puerta de un hotel del centro sobre su Cadillac rosa descapotable de los años cincuenta, cuenta que ha tenido que apuntarse a La Nave, una especie de Uber cubano, bastante más rudimentario y que solo se puede pagar en efectivo, porque “los chinos y los rusos no se enteran de nada, van con orejeras y no sueltan tanto billete”.

A Manuel Rodríguez, también nombre ficticio, no le está afectado tanto la caída del turismo. Sus clientes son nacionales. Aprovechando las primeras flexibilizaciones al sector privado, abrió hace unos años un restaurante en el Vedado de cocteles y tapas españolas. Pasó un tiempo en Madrid y tiene experiencia en los locales clásicos y turísticos, que ya apenas quedan en la ciudad, y por los que entraba un grueso chorro de dólares. Su negocio propio ha ido creciendo y el siguiente paso será convertirse en mipyme, que le autoriza incluso a importar productos. La proliferación de las miypmes ha tejido una red de abastecimiento a la que pocos en la isla tiene acceso. Rodríguez, de 39 años, asegura que se trae cerdo de bellota desde España. “He sudado mucho las nalgas por tener lo que tengo, pero tengo que tener un perfil bajo, porque aquí sacas la cabeza y te la cortan. Veremos si con lo de Trump mejoran las cosas”.

Si no lo hubiera vivido, no lo creería

Lo apresaron en su barrio, Vibora Park, al sur de la ciudad. Una tarde de julio de 2021 se bajaron ocho agentes de paisano de un coche sin matrícula y se llevaron a Duannis León a golpes. Lo cuenta su madre, Yenisey, en la casa donde vivía junto a sus otras tres hermanas. Duannis, de 27 años, fue uno de los miles que salieron a las calles en las protestas más masivas desde el Maleconazo de 1994, en pleno Periodo Especial. “Antes de que se lo llevaran me contó que fue una locura lo que ocurrió, que la policía les disparaba y que ellos respondieron con piedras”, cuenta la madre en una humilde cocina, que también es salón y casi baño a la vez. Durante la conversación, Yenisey recibe una llamada. Es su hijo desde la prisión de máxima seguridad, donde cumple una condena de 14 años por sedición. Duannis, que trabajaba de barbero, accede a hablar brevemente con este periódico: “Yo quiero una Cuba donde haya varios partidos y el pueblo pueda elegir presidente y no se muera de hambre”.

De vuelta con la madre, cuenta que su hijo apenas ve del ojo izquierdo después de una de las palizas de los policías de la cárcel, donde pasó semanas en una celda de aislamiento. La ONU ha condenado la represión en Cuba, que califica como el país con “más condenas por detención arbitraria del mundo”. Yenisey, que también denuncia el asedio constante contra ella, cuenta que la última vez que fue a visitar a su hijo, la semana pasada, le dijo al oído: “Maduro ya se pudrió, ¿qué crees que vaya a pasar ahora?”. Su madre no le contestó, pero piensa que “Cuba necesita ayuda de fuera. Lo que ha pasado con mi hijo es algo que, si no lo hubiera vivido, no lo creería”.

Yenisey Taboada, madre de Duannis León Taboada, en su casa en La Habana.MARCEL VILLA

Tampoco podía creer Marina, también nombre ficticio, que tras 45 años viviendo en la Habana Vieja, el corazón histórico de la ciudad, acabaría teniendo que pintar ella misma un cartel pidiendo “porfavor no echar basura a la calle”. Es de noche, y Marina ha salido con su nieto a tomar el fresco a la puerta del caserón modernista medio derruido y repartido en ocho apartamentos pequeños. En la esquina hay montones de basura, como en casi todas. “Lleva días ahí, nos dicen que no hay gasolina para recogerla”. No quiere ni hablar de Trump, solo dice que en estos años su barrio también se ha vuelto más inseguro y que “esto es un barco a la deriva”. El centro de La Habana, símbolo de esa belleza majestuosa y decadente retratada tantas veces, es ahora un basurero a cielo abierto y sin apenas iluminación por los apagones.

Un poco más adelante de la casa de Marina, en los soportales de la avenida Galiano, donde ya apenas quedan los salones de salsa y jazz que la hicieron famosa, hay un chico descalzo y sentado con la cabeza metida entre las rodillas, lo que apenas disimula los temblores. “Eso cuando te arrebata, te encartona la pinga, se te va la luz. Es lo más horrible que te puede pasar”, dice un señor de unos sesenta años, con un cencerro y unas baquetas bajo el brazo, que se ha parado a comprobar si el muchacho estaba bien. Lo que le sucede son los efectos de El Químico, una mezcla de drogas sintéticas muy barata y adictiva, que lleva un tiempo corriendo por las calles. El señor de las baquetas, un viejo jazzman que se gana la vida tocando por aquí, hace una analogía con la epidemia del crack en Nueva York de finales de los ochenta. “En el fondo, da igual que lleguen los americanos a Cuba, porque ya están aquí todos los males del capitalismo”.

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