
Marruecos ha sido el primer país africano y uno de los primeros árabes en adherirse a la controvertida Junta de Paz impulsada por Donald Trump, en principio para supervisar la tregua en la franja de Gaza aunque con ambición de convertirse en sustitutiva de la ONU en la resolución global de conflictos. Pese a las reticencias de muchos Estados invitados, que como Francia, Alemania, Suecia, Noruega, Austria o España han declinado la invitación de la Casa Blanca a participar en la Junta creada el jueves durante el Foro de Davos, Rabat ya anticipó el lunes su incorporación al órgano liderado por el presidente de Estados Unidos que en 2020 reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental.
El alineamiento con el envite diplomático de Washington se produce tras la activación, este mismo mes y en particular en territorio saharaui, del sistema antiaéreo y antimisiles Barak MX fabricado en Israel, país que con el que Marruecos normalizó relaciones a raíz de la decisión de Trump de reconocer su autoridad sobre la que fue colonia española. Junto al despliegue efectivo de la llamada Cúpula de Hierro del Desierto en el Sáhara, con un coste de 500 millones de dólares (425 millones de euros), los ejércitos israelí y marroquí han suscrito este año por primera vez un plan de acción militar que consolida el acuerdo de cooperación en materia de defensa suscrito por ambos gobiernos en 2021.
En este marco de colaboración se inscriben maniobras conjuntas, la construcción de dos satélites de observación Ofek 13 diseñados por Israel Aerospace Industries o la eventual adquisición de los carros de combate Merkava característicos del Tsahal, acrónimo hebreo de las Fuerzas de Defensa de Israel. Al mismo tiempo, recientemente ha sido inaugurada en Benslimane (60 kilómetros al sur de Rabat) una planta de fabricación de drones kamikazes SpyX de la compañía israelí BlueBird Aero Systems, un hecho sin precedentes en el continente africano.
Refrendada por la firma del ministro de Asuntos Exteriores, Naser Burita, ante el presidente Trump en Davos, la rápida implicación marroquí en una Junta de Paz presidida indefinidamente por el mandatario republicano y en la que no se incluye a representantes palestinos coincide con un fuerte rearme de la mano del Estado judío frente a enemigos regionales como Argelia. El reino jerifiano se enfrentó en 1963 con el país vecino en la disputa fronteriza de la Guerra de las Arenas, país que da cobijo en el suroeste de su territorio a miles de refugiados saharauis y a las fuerzas del Frente Polisario, movimiento defensor de la independencia del Sáhara Occidental mediante un proceso de autodeterminación.
Marruecos recibió un espaldarazo el pasado octubre, sin ningún voto en contra del Consejo de Seguridad, al plan de autonomía bajo su soberanía que propone para la excolonia española, considerado a partir de entonces como base de negociación para una solución política a un conflicto estancado desde hace más de medio siglo. El apoyo de la Administración del presidente Trump en favor de los intereses de Rabat fue de nuevo determinante, ya que EE UU fue responsable de la redacción de la propuesta de resolución por la que la ONU avaló su posición sobre el Sáhara.
Fuerza de paz internacional
En clara contrapartida al respaldo internacional de Trump, medios israelíes destacan que en el núcleo central de la fuerza internacional de seguridad prevista en la segunda fase del plan de paz para Gaza, que acaba de ponerse en marcha, está prevista la presencia de un gran contingente de tropas marroquíes. Junto con las de otros países islámicos como Indonesia, esas tropas serán claves, y que Israel se ha opuesto en principio al despliegue de ejércitos de naciones musulmanas más cercanas, como Egipto, Jordania o Turquía. Rabat, por lo demás, difícilmente podrá desembolsar la contribución de 1.000 millones de dólares (850 millones de euros) exigida por Trump para ser considerado miembro de pleno derecho de la Junta de Paz.
El periodista Barak Ravid, experto en Oriente Próximo, desveló en enero en el digital estadounidense Axios un eventual despliegue marroquí en Gaza de “unidades especializadas en el mantenimiento del orden público” durante la segunda fase del plan de paz para la Franja, sin que el primer ministro marroquí, Aziz Ajanuch se pronunciara entonces sobre la cuestión. Al replantearse durante el Foro de Davos la posibilidad de una aportación militar marroquí a la fuerza internacional, el entorno de Ajanuch se ha apresurado a desmentir a través del portal marroquí Le Desk que el país magrebí se haya comprometido ya a enviar tropas a territorio gazatí. Axios, sin embargo, mantiene citando fuentes estadounidenses que Marruecos está llamado a ser “uno de los principales contribuyentes” a la fuerza de estabilización.
El Gobierno de Rabat trata de presentarse como un “actor pragmático” en favor de la paz en Oriente Próximo, según el portal digital informativo Hespress. Por un lado, sostiene la solución de los dos Estados: el de Israel junto a otro palestino de nueva planta, en la integridad de los territorios de Gaza y Cisjordania de 1967 y con capital en Jerusalén Este. Al tiempo que envía una ingente ayuda humanitaria a la población civil del enclave, diezmada y depauperada tras la guerra. Mohamed VI también preside el Comité Al Quds (nombre árabe de Jerusalén) de la Organización para la Cooperación Islámica para la protección de la Ciudad Santa.
Por otro lado, el Gobierno del país magrebí aspira a participar como “interfaz diplomática” y “pasarela de mediación” entre “socios con sensibilidades distintas” al participar en la Junta de Paz de Trump, aun a expensas de un eventual envío de tropas a Gaza. En principio, se trata de fuerzas para garantizar la estabilidad dentro de un despliegue internacional –como Marruecos ya ha demostrado en misiones de paz de la ONU en África– y para formar a unas futuras fuerzas de seguridad palestinas, aunque también con la compleja misión de desmilitarizar la Franja y desarmar a las milicias de Hamás y otros grupos que siguen sobre el terreno.
“La aceptación por parte del rey Mohamed VI de la invitación de Trump a participar en la Junta de Paz es una señal política fuerte en un contexto internacional marcado por la acumulación de crisis y ante la urgencia de repensar los mecanismos de mediación y estabilización”, apunta el analista Azedín Hanún, citado por Hespress. Asimismo, Marruecos precisa mantener el papel de Naciones Unidas como foro diplomático primordial, sin que sus atribuciones se vean relegadas, para garantizar un reconocimiento internacional de su control sobre el Sáhara Occidental, considerado aún por la ONU como “territorio no autónomo” o pendiente de descolonización.
Rechazo de la sociedad civil
La cooperación militar con Israel es rechazada por nueve de cada diez marroquíes. El Barómetro Árabe, amplio estudio de opinión en países musulmanes, refleja que solo el 6% de la población de Marruecos respaldaba en 2025 la normalización de relaciones diplomáticas con el Estado judío, frente al 22% que la aprobaba tres años antes. El Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD, islamista) ha llamado a la resistencia contra “toda infiltración sionista en el tejido nacional” ante las elecciones legislativas previstas este mismo año. El PJD aspira a recuperar la jefatura del Gobierno, que ostentó durante el decenio de 2011 a 2021.
A lo largo de los dos años de guerra en la franja de Gaza, en el país magrebí se han organizado multitudinarias manifestaciones y actos de solidaridad con el pueblo palestino de Gaza. Entre el aparato del Estado ―que busca preservar los activos de las relaciones con Israel: como el apoyo de EE UU en el Sáhara o la creciente cooperación militar israelí― y la sociedad civil, abrumadoramente indignada ante las imágenes de sufrimiento de los gazatíes, se ha abierto una brecha por la que asoman crisis latentes.
