
Signo de unos tiempos convulsos, Estados Unidos ha renovado con virulencia su ofensiva contra el grupo terrorista Estado Islámico (ISIS, en sus siglas en inglés), en la antigua Mesopotamia y allende los mares. No está solo. “Si dañan a nuestros combatientes, los encontraremos y los mataremos en cualquier parte del mundo”. Este mensaje, en un tono propio del actual equipo de Gobierno, pero inusual entre los militares, fue enviado el sábado por el Mando Central estadounidense. Poco después del mediodía, una veintena de cazas, drones y bombarderos norteamericanos, con apoyo de la aviación jordana, habían lanzado 90 proyectiles contra 35 objetivos del ISIS en Siria. Fue una gran operación contra la organización yihadista. La Administración de Donald Trump busca la venganza por la muerte hace un mes en Palmira, en el centro del país árabe, de tres estadounidenses, dos soldados de Iowa y un intérprete civil.
El mensaje del Mando Central incluyó además entre los objetivos de la ofensiva anti-ISIS el siguiente: “Prevenir futuros ataques”. La autoridad militar estadounidense para la zona de Oriente Próximo y parte de Asia expresó así el temor que mantiene gran parte de Occidente, esto es, que el grupo terrorista, enemigo número uno hace una década, instigador a través de su unidad de atentados en el extranjero (Emni) de matanzas en París, Bruselas, Barcelona o Nueva York, tenga capacidad para motivar a radicalizados a matar en su nombre más allá de sus fronteras.
Así fue con Sayid y Naveed Akram, padre e hijo, a miles de kilómetros de la antigua Mesopotamia, en una playa de Sídney, en Australia, hace cuatro semanas. Durante el asesinato de 15 personas, los dos lucieron la enseña del ISIS. La misma bandera que viaja por el desierto del Sahel, la región del mundo más castigada en la actualidad por el terrorismo. Hasta allí volaron el día de Navidad drones Reaper norteamericanos para golpear a una facción del grupo en el noroeste de Nigeria. Expresiones todas de la fuerza y letalidad que aún mantiene la marca ISIS más de seis años después del fin del califato levantado en un terreno del tamaño del Reino Unido entre Mosul (Irak) y Raqa (Siria).
“La dispersión del ISIS a través de sus afiliados en todo el mundo (África subsahariana, el sudeste asiático y su presencia continua en Irak y Siria), y la descentralización de sus operaciones de propaganda a través de canales y grupos de apoyo, lo convierten en una organización difícil de erradicar”, afirma en un intercambio de correos Mustafá Ayad, director del centro de análisis Institute for Strategic Dialogue, con sede en Londres.
La hidra de la mitología griega, aquella serpiente de múltiples cabezas a la que le brotaban dos si le cortabas una, que tanto sirvió para describir a Al Qaeda, vale hoy para definir al ISIS. Lejos de desaparecer tras la muerte de su primer líder, Abubaker al Bagdadi, en octubre de 2019, o después de la derrota de su ejército en la localidad siria de Baghuz unos meses antes, el grupo terrorista mantiene la lealtad de miles de hombres entre Oriente Próximo, África y Asia. Su estructura ha virado y se organiza de un modo más flexible, en células y filiales con autonomía, con el fin de evitar ser descabezada una y otra vez.
El misterio sobre su actual líder es buena prueba de ello: Abu Hafs al Hashimi al Qurashi, del que se sabe poco, es el hombre, el quinto, que ocupa sobre el papel el control del directorio del ISIS desde Oriente Próximo. No obstante, informes recientes del grupo de expertos que monitorea las sanciones contra la organización para la ONU afirman que Abdul Qadir Mumin, jefe de la rama en Somalia, en auge por su eficacia en la captación de fondos, podría haber tomado el cetro de la organización.
África, con innumerables regiones abandonadas por el Estado, es terreno abonado para el crecimiento de la factoría del terror del ISIS. No en vano, es lejos de Occidente y entre los musulmanes donde más víctimas se ha cobrado la organización terrorista desde su nacimiento. El presidente Trump eligió el día de Navidad para dar luz verde a una operación en coordinación con las autoridades de Nigeria contra grupos armados vinculados al ISIS a los que culpa del asesinato de cristianos. La munición de los Reaper golpeó varios campos de entrenamiento yihadistas en el Estado nigeriano de Sokoto, en el noroeste del país, en la linde con el vecino Níger. Una zona rural y desfavorecida.
Los informes de inteligencia sobre la región en poder del Consejo de Seguridad de la ONU han mostrado que esa frontera es objeto de deseo de la provincia —como se conoce a cada rama que pertenece de forma orgánica al grupo— del Sahel (ISSP, por sus siglas en inglés). “Desde finales de 2024”, dice un reporte del pasado julio, “el ISSP ha demostrado que tiene la intención de desplazar sus actividades hacia la frontera noroeste de Nigeria”. El informe habla precisamente de Sokoto como puerta de entrada con la colaboración de la organización local Lakurawa.
El viaje de los militantes del brazo saheliano del ISIS, entre 2.000 y 3.000 combatientes, tiene su origen en Malí y se dirige hacia el sur, pasando por Niamey, la capital nigerina, y siguiendo el curso de las aguas del río Níger —las vías fluviales son siempre buen refugio de grupos armados—. El temor de las fuentes de inteligencia occidentales es que se estrechen los lazos entre esta rama de la organización terrorista y la que opera en el noreste de Nigeria y en torno al lago Chad a través de la oficina Al Furqan, dirigida por Abubaker Ibn Muhammad Ibn Ali al Mainuki.
Esta sucursal bajo la bandera del ISIS, con una cifra creciente de unos 8.000 militantes, es junto a la de Al Karrar, la somalí, con unos cientos de combatientes, la punta de lanza en el continente del reclutamiento —también de menores—, financiación, a través del secuestro, la extorsión y los impuestos, y difusión de propaganda. A la zaga estaría el ISIS-K (Khorasan), el brazo afgano, presionado hoy por los talibanes y grupos afines en el noreste de Afganistán, pero con una amplia vocación de exportación de la violencia como demostraron los atentados en 2024 en la ciudad iraní de Kerman (103 muertos) y Moscú (149).
Es entre estos grupos afines regionales de los que sí se teme que funcionen vasos comunicantes e incluso lleguen fondos desde el directorio en Oriente Próximo. Allí, especialmente a lo largo de la franja oriental siria (Deir al Zor) y la frontera sureste turca, con entre 1.500 y 3.000 militantes, es desde donde el ISIS parece querer rearmarse y golpear a las nuevas autoridades de Damasco y a todo aquel que considere infiel según su versión integrista del islam —el reciente atentado contra una mezquita alauí de Homs fue asumido por un grupo afín a la organización terrorista—. Según el Tesoro estadounidense, el directorio mantendría en torno a 8,5 millones de euros en sus arcas.
En los últimos seis meses, la coalición anti-ISIS, que reúne a unos 90 países bajo el liderazgo de Washington, y de la que ya es parte la Siria gobernada por el exyihadista Ahmed al Shara, ha efectuado 80 operaciones contra miembros del grupo en ese país. Entre los peces gordos que han perecido está el veterano Mohammed Shahadeh. El pasado domingo, aviones de Francia y el Reino Unido bombardearon un arsenal subterráneo del grupo yihadista al norte de Palmira, no muy lejos de donde fueron asesinados los tres estadounidenses a mediados de diciembre.
Turquía, por su parte, han lanzado la batalla contra células de la organización en medio país. El 25 de diciembre, Ankara detuvo a 155 yihadistas. Se les acusó de planear atentados contra no musulmanes en las festividades de Navidad. En una redada similar el pasado lunes murieron seis militantes y tres agentes de policía turcos, en Yalova, en el noroeste del país. Respuesta: otros 357 sospechosos arrestados en Estambul y otras dos provincias.
Amenaza en Europa
“Es una amenaza persistente”, prosigue Mustafá Ayad, “con la capacidad de inspirar ataques a nivel mundial en nombre del grupo a través de mensajes sostenidos y áreas de operación que parecen estar creciendo”.
También se desarticularon en vísperas de la Navidad complots bajo la inspiración del ISIS en Lublin (Polonia) y Dingolfing-Landau (Alemania). La marca del grupo yihadista es un reclamo para individuos radicalizados que quieren atentar con un altavoz más potente. Si suena el ISIS, la repercusión será mayor, como así era con Al Qaeda en la primera década del siglo, tras el 11-S. El adoctrinamiento en Europa persiste a buen ritmo, como muestran las más de 100 detenciones por motivos de yihadismo practicadas en España en 2025, muchas relacionadas con la radicalización a través de la Red.
Es en este escenario donde hay que situar a los Akram, autores de la muerte a tiros de 15 personas en la playa de Bondi (Sídney), el pasado 14 de diciembre. Las autoridades australianas han confirmado que padre e hijo actuaron solos. Viajaron en noviembre a Davao, en el sur de Filipinas. Permanecieron en la ciudad de la isla de Mindanao durante casi un mes, encerrados en un hotel. No hay evidencias de que accedieran a entrenamiento alguno en una región con presencia todavía de células vinculadas al ISIS, aunque lejos ya de la fuerza mostrada en 2017 por grupos afines (Maute y Abu Sayaf) en la toma de Marawi, en la franja occidental de Mindanao. Aún así y visto el fatal escaparate que resultó ser Bondi, el ISIS alabó la matanza de los Akram, que calificó de “fuente de orgullo”.
