
La diáspora venezolana contempló el sábado 3 de enero con asombro, incertidumbre —y muchos, según cuentan, ilusión— el ataque de Estados Unidos a Caracas y el apresamiento del presidente Nicolás Maduro. En la última década, más de ocho millones de personas escaparon de un país que ahora cuenta poco más de 28 millones. Esto da una idea de la sangría que ha experimentado Venezuela. Huyeron de la represión chavista pero también del estrangulamiento económico. Muchos de estos exiliados ven las noticias con la esperanza de volver. Otros asumen que el regreso es ya imposible, pero asisten con la misma expectación e interés a las informaciones que llegan desde su país. Esta es la historia de 11 de ellos.
David Fernández, 22 años, repartidor en Bogotá : “Me encantaría que la economía cambiara para regresar”
David Fernández, un repartidor a domicilio de 22 años que se mueve en bicicleta, continúa pedaleando al mismo ritmo que cuando llegó a Colombia, hace siete meses, en busca de las oportunidades que no encontraba en Venezuela. Es uno de los casi 3 millones de venezolanos que viven en Colombia. La incertidumbre que envuelve a su país le inquieta, pero no ha alterado su rutina en las frías calles de Bogotá. En una esquina del norte de la capital, Fernández fija la mirada en el móvil donde no solo recibe solicitudes de entregas por una plataforma digital. También sigue las noticias de su Venezuela. “Para mí es igual, pero me preocupan los familiares que están allá, diciendo que las calles están vacías, que los supermercados esto o lo otro. Uno se preocupa”, confiesa.
Antes de emigrar a Colombia, el joven venezolano buscaba su sustento y el de su familia limpiando vidrios, como vendedor y como albañil. “Trabajaba en lo que saliera”, rememora Fernández, el segundo de cinco hermanos. Años atrás, suspendió sus estudios de secundaria para ayudar a su madre con los gastos del hogar. “En un día en Venezuela hacía 10 o 15 dólares. En Colombia hago entre 80.000 y 120.000 pesos diarios (entre 20 y 30 dólares), pero allá compraba un almuerzo y se iban los diez dólares. Acá el dinero alcanza más”, comenta. Ahora vive en un barrio popular de Bogotá junto a sus primos, con quienes divide el pago de renta y servicios.
Pese a la falta de certezas sobre el futuro de Venezuela, Fernández prefiere afrontar la situación con optimismo. Luego del susto que lo levantó la madrugada del 3 de enero, cuando una llamada lo alertó de lo que sucedía en Caracas, espera que las cosas mejoren. “Me encantaría que la economía cambiara en Venezuela para regresar”, confiesa. Su sueño: encontrar un trabajo estable y comprar una casa cuando tenga hijos.
Ligia Bolívar, 68 años, activista en Colombia. “Esto es una humillación gigante”
“Esto es una humillación gigante”. Esto es lo primero que pensó la activista y defensora de derechos humanos Ligia Bolívar, de 68 años, cuando se enteró de los ataques de Estados Unidos en Caracas. “Lo último que esperaba ver era una fuerza extranjera atacando mi país. Uno ve eso en sitios como Irak, pero no en este lado del mundo”, añade. Bolívar lleva más de seis años viviendo en Colombia, prefiere no revelar en qué ciudad por seguridad, y ahora teme que la incertidumbre que flota en su país empuje a muchos más a emigrar. “No hay voluntad política para responder a este tipo de situaciones”, sostiene. Deplora que el Gobierno de Gustavo Petro, por ejemplo, haya acabado con un estatuto de protección para regularizar a los migrantes venezolanos.
Pasada la estupefacción inicial, Bolívar asegura sentirse preocupada porque, para ella, la salida de Maduro no significa per se una transición a la democracia. “Ya estamos viendo que se profundiza la represión y la cacería de brujas”, lamenta. Por eso, contraria a muchos otros venezolanos en el exterior, no es optimista. “No veo lo que ha pasado como un triunfo, aunque respeto esa sensación de esperanza y cambio que tienen tantos”, dice. “Son muchos los que durante 25 años han recibido un golpe tras otro y hay que respetar sus sentimientos”.
Esta activista justifica su preocupación en que “el concepto de derechos humanos está fuera del vocabulario de Trump”. También, a su juicio del de la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, a la que califica de ser una “mujer astuta”. Bolívar deplora que Rodríguez no haya dado señales de apertura: “No dice que van a empezar a legalizar a los partidos opositores, tampoco que vayan a permitir el regreso de exiliados políticos. Y esos son elementos indispensables si queremos hablar de democracia”.
Luis Peche, 32 años, politólogo en Bogotá: “Me dio un ataque de llanto”
Al politólogo Luis Peche, exiliado en Bogotá desde hace menos de un año, lo despertó un familiar hacia la una de la madrugada del sábado para contarle que se escuchaban explosiones en Caracas. A partir de ese momento, como trabaja como consultor político y monitorea los temas de Venezuela, pasó 24 horas despierto. Cuando Trump subió a las redes sociales su mensaje, lo vio de inmediato. “Me dio un ataque de llanto. Comencé a hablar en voz alta para intentar creerme lo que estaba leyendo. Llamé a mi mamá, a los amigos que estaban despiertos, llorando, fue muy emotivo”, rememora.
El pasado octubre sufrió un atentado que aún no ha sido esclarecido por las autoridades colombianas. Junto con su amigo, el activista Yendri Velásquez, fueron tiroteados por tres sicarios cuando salían de su residencia. Salvaron la vida por poco. Ese ataque sembró el pánico entre los numerosos perseguidos políticos por el régimen chavista que han cruzado la frontera para asentarse en la vecina Colombia.
“Esto es algo muy dinámico y probablemente las implicaciones las vamos a poder entender un poco más adelante”, comenta Peche sobre esta semana de vértigo. Hay alrededor de mil presos políticos en Venezuela, recuerda. “Esa situación tiene que revertirse inmediatamente. Hay amigos, conocidos y muchas personas encarcelados sencillamente por el hecho de haber ayudado como testigos electorales. Es una locura, una barbarie total, y es la primera prioridad”, enfatiza. “Sin duda, la expectativa de regresar está allí. Ahora un poco más cerca”.
Kell Aponte, 38 años, investigador en México: “Sentí mucha rabia, no por Maduro, sino por la intervención”
Kell Aponte estaba en su piso de Ciudad de México escribiendo el borrador de su tesis doctoral sobre cómo se sostiene la vida en contextos de crisis en barrios populares de Venezuela cuando se enteró del ataque y la captura de Nicolás Maduro. “Pensé que era mentira, que era inteligencia artificial. No lo podía creer”, recuerda. “Conforme veía más videos, quedé paralizado. Me sentí muy mal, frustrado, impotente”, comparte.
Tiene 38 años, nació en Caracas y salió de Venezuela en 2014 expulsado por “la desesperanza y la desilusión”. La llegada de Maduro fue “la gota que rebasó el vaso”, asegura. Primero emigró a Chile y hace seis años llegó a México para estudiar una maestría en Antropología. El plan era volver a Santiago, pero finalmente eligió quedarse: “He hecho casa acá”. Aunque hay algo que los años no han podido cambiar. “Regresar a Venezuela no es una opción. Empeoraría mis condiciones de vida”, asegura.
En México, donde viven unos 100.000 venezolanos de manera regular, colabora con una organización de apoyo a migrantes de su país. “No hay una sola realidad. Hay quienes trabajan de repartidores con condiciones precarias y quienes tienen una gran estabilidad económica”, asegura. Hay un patrón, sin embargo, que se repite: “El trato a los migrantes latinoamericanos deja mucho que desear. Los trámites son profundamente engorrosos”.
Aunque cuestiona la legitimidad de Maduro, su captura no le tranquiliza. “Sentí mucha rabia, no por Maduro, sino por la intervención”. Para Aponte, se trata de “una política imperialista de países que se creen dueños del mundo”, y se declara pesimista sobre el nuevo escenario. “A Estados Unidos no le interesa la democracia en Venezuela, sino el control”. Concluye: “Puedo entender la alegría de la comunidad venezolana fuera del país, pero no la comparto. Esto es una amenaza para toda América Latina”.
Mireya Tabuas, escritora en Chile, 61 años: “Me fuerzo a mí misma tener esperanza”
Mireya Tabuas, escritora de cuentos infantiles, profesora universitaria y periodista de 61 años, vive en Chile desde hace 12. Y reconoce que sufre un desorden de sentimientos. “Da miedo pensar o sentir, mucho más decirlo públicamente porque sigue la represión y la violación de derechos, siguen los presos políticos”, asegura. Actualmente, en Chile viven 730.000 venezolanos, donde su presidente electo, José Antonio Kast, promete abrir un corredor para devolver a Venezuela a los que se encuentren en situación irregular.
Tabuas cree que los cambios en Venezuela no serán “mágicos ni se darán de un día a otro”. Lo sabe en la teoría, pero en la práctica está impaciente: “Solo quiero ver más claro el panorama, que podamos lograr esa merecidísima libertad”.
Tabuas ha recibido muestras de solidaridad de muchos extranjeros, pero también críticas de otros por lo que ella piensa y siente. Opina que todavía es muy prematuro para saber si algún día volverá a su país. “Me fuerzo a mí misma a tener esperanza”, afirma.
Lupe Aguais, 71 años, psicoterapeuta en Nueva York: “No aguanté más”
El momento en que Lupe Aguais (Caracas, 71 años) decidió que no podía continuar viviendo en Venezuela fue traumático. De hecho, su recuerdo aún le estremece una década después. Viajaba en un taxi al regreso de un viaje a Estados Unidos cuando otro auto la interceptó. Un miembro de los llamados colectivos, grupos paramilitares leales al chavismo, le puso una pistola en la sien y le preguntó: “¿Qué haces aquí? ¿Por qué no te quedaste en tu imperio?”. “Yo le respondí: ‘Estoy en tus manos’ y esperé el disparo. Fue terrible, unos segundos eternos”, recuerda Aguais. El disparo no se produjo. “Pero no aguanté más” y, a su pesar, emprendió un viaje a Estados Unidos sin retorno. Desde entonces no ha vuelto a su país. Ni siquiera cuando fallecieron sus padres.
Su solicitud de asilo fue aceptada y obtuvo el permiso de residencia permanente. Vive en Nueva York junto a su hija y su perra. Psicoterapeuta de profesión en Venezuela, trabaja como directora de capacitación en Aid for aids, una organización creada para ayudar a los venezolanos con sida, y como directora de iniciativas para inmigrantes de Aid for life.
Aguais admite tener “una sensación extraña” por la captura de Nicolás Maduro. “Por un lado alegría, porque alguien se ha atrevido a sacarlo, pero por otro, siento que no va a cambiar todo mientras estén mandando Delcy Rodríguez, su hermano, Diosdado Cabello… ellos han sido los cerebros de todo esto”, afirma. Aún así, reconoce que hay “mucha expectativa de cómo se va a solucionar esto”.
La decisión de marcharse de Venezuela fue precedida de años de acoso y amenazas por su oposición al chavismo. Fue degradada en su trabajo porque “le enseñaba a las personas a no quedarse callados” y organizaba caceroladas en su barrio. Un día después de aparecer en un programa de televisión, unos hombres allanaron su casa y casi matan a su perra. Dejaron numerosos destrozos y una nota: “Esto era lo que te estábamos evitando”.
Aguais espera convertirse un día en ciudadana de Estados Unidos, un país al que nunca llegó por el sueño americano –“nunca lo tuve”-. No planea volver a Venezuela, al menos “hasta que se restaure la verdadera democracia”.
Ajamar Morales, 40 años, empresario en Estados Unidos: “Prefiero mil veces que pase algo a seguir con el yugo”
María Elías El Warrak, 60 años, cocinera y empresaria en Brasil: “No pensaba que el Gobierno se quedaría mandando”
Fabiana Gamboa, 25 años, estudiante en Madrid: “Muchos jóvenes tenemos el sueño de regresar al país que conocieron nuestros padres”
La Venezuela hermética que conoció en sus primeros años de vida Fabiana Gamboa (El Tigre, 25 años) se resquebraja poco a poco. Esta joven exiliada tenía solo cuatro años cuando la abandonó con su familia, y la única Venezuela que ha conocido es la que se construyó al dictado del régimen chavista. “Tanto la situación política como la economía influyeron en la decisión que tomaron mis padres de exiliarse”, lamenta. A su padre, economista de profesión, se le presentó la oportunidad de trabajar en México y no dudaron demasiado en marcharse de su tierra. “La situación no era tan grave como lo sería años después, pero ya se intuía un clima de inestabilidad”, explica. Hoy, Gamboa vislumbra “un rayo de esperanza” por primera vez en su vida. “Muchos jóvenes tenemos el sueño de poder regresar y poder recuperar el país que conocieron nuestros padres”.
Desde hace dos años reside en Madrid, donde estudia un máster de Dirección Internacional de Empresas. El pasado sábado estaba en casa de su novio cuando empezó a conocer las primeras noticias que llegaban del país latinoamericano sobre la operación de Estados Unidos. “Al principio me asusté por los bombardeos y por no saber qué estaba pasando”, recuerda. Pero pronto las dudas dieron paso a la euforia. En sus chats de WhatsApp empezó a leer mensajes como “Venezuela libre” o “por fin se han llevado a Maduro”.
Gamboa es consciente de que el futuro de su país se decidirá en los próximos meses, por eso mantiene la cabeza fría y confía en que avalar a Delcy Rodríguez como la presidenta encargada es, por ahora, la mejor decisión, aunque vaya en contra de sus deseos. “Me cayó como una patada en el estómago que Trump decidiese, como si fuera su país, quién iba a ser la presidenta. Ya tuvimos unas elecciones en julio de 2024 y ya elegimos. Pero después de reflexionar creo que, para que haya una transición pacífica, es necesario que sea Delcy Rodríguez la elegida”, añade.
Maribel Cernadas, 65 años, comercial en España: “Cayó Alí Babá, pero quedaron los 40 ladrones”
El frío que siente uno fuera de su patria pesa más estos días sobre la vida de Maribel Cernadas, nacida hace 65 años en Caracas. Desde que Estados Unidos capturó a Nicolás Maduro, Cernadas no ha dejado de soñar con un cambio de régimen en Venezuela. “Cayó Alí Babá, pero quedaron los 40 ladrones”, sentencia. Comercial de profesión, Cernadas llegó a España en 2020, en lo más crudo de la pandemia. “En Venezuela la situación sanitaria se había descontrolado y la precariedad se había agravado a raíz de la llegada del covid-19”, recuerda. La salud le preocupaba, sí, pero había otra razón de peso para abandonar su hogar: la inseguridad. “A mi esposo lo habían matado hacía dos años y yo realmente tenía miedo en ese momento”.
Con el dolor que implica dejar atrás todo lo que conoces, Cernadas metió lo que cupo en un par de maletas y partió rumbo a España, donde la esperaban sus dos hijas: Katherine y Nathaly, que huyeron de la represión chavista en 2017. Cernadas se instaló en Jaén, donde ha aprendido a hacer su vida lejos de casa. No le costó mucho adaptarse. “Tuve la suerte de emigrar para Andalucía, una tierra que en realidad se parece mucho a nosotros, aquí la gente es abierta y buena”. Desde el primer momento se sintió acogida en el país de sus padres. Ellos eran gallegos, concretamente de A Estrada (A Coruña). Tanto sus hijas como ella tienen la doble nacionalidad. Gracias a eso no sufrieron el quebradero de cabeza de los papeles.
La venezolana echa de menos bañarse en las cálidas aguas del Caribe y la caricia en su rostro del clima tropical de su país. Pero, por encima de todo, extraña el calor de su gente. A todos ellos, sus seres queridos que todavía están allí, les envía un mensaje de precaución. Quiere que se mantengan a salvo, que permanezcan en estado de alerta. Todo con la esperanza de reencontrarse en un futuro, confía, cada vez más próximo: “Cuidado, calma y, sobre todo, mucha inteligencia”.
Luis Alejandro Marcano, 43 años, cocinero en Madrid: “La gente allí sigue teniendo mucho miedo”
Luis Alejandro Marcano (Guanare, Venezuela, 43 años) regresa siempre que puede a su tierra natal a través de la gastronomía. Importar a España los sabores y la tradición culinaria propios de Venezuela es la forma que tiene este cocinero de sanar la herida que le produjo abandonar su país en 2017 junto a su esposa, Marianela Salazar. Ambos recuerdan con angustia aquel fatídico año de protestas contra el chavismo. “Las manifestaciones se celebraban a un par cuadras de nuestra casa, estaba todo cerrado, no se podía trabajar”, revive Marcano.
El recuerdo de aquellos días de violencia ha asaltado esta semana su memoria, tras la captura de Nicolás Maduro. En cuanto su esposa empezó a escuchar las noticias, lo despertó. “Al principio sentíamos incertidumbre, porque no sabíamos exactamente qué estaba pasando. No sabíamos si había estallado un conflicto interno o si había intervenido un agente exterior”. Cuando se dieron cuenta de que era una operación estadounidense y de que se habían llevado a Maduro se alegraron muchísimo, explica, porque la captura del presidente suponía “un cambio visible y tangible”. Hasta que no vieron las imágenes de Maduro en Nueva York no se lo creyeron. “Los dos lloramos de alegría, creemos que esto significa un cambio positivo para nosotros y, sobre todo, para el país”, relata con la voz entrecortada.
La vida de Marcano ahora está en Madrid, donde él y su esposa han rehecho su vida. Hace tres años tuvieron a su primera hija, Marcela, y tan solo seis meses atrás han tenido al segundo, Alejandro. El encontró trabajo rápido, como dice él, en el sector de la hostelería hay sitio para todo el mundo. Ahora trabaja en el área de desarrollo de producto en el grupo Comess Group, que gestiona franquicias como Lezarran, Pomodoro o Levaduramadre.
A pesar de haber emprendido un nuevo camino en la capital española, su destino continúa ligado inevitablemente a su patria, donde todavía residen sus padres y el resto de su familia. Allí, cuenta, hay temor a las represalias por celebrar la caída de Maduro. “Mi familia compartió ayer fotos sobre la detención de Maduro y después salieron de varios grupos de WhatsApp, la gente sigue teniendo mucho miedo”, lamenta. Para él lo más importante es que el país “esté tranquilo” y “esté bien”. Todavía sueña con poder regresar, es la única forma de que cicatrice definitivamente la herida que le produjo su marcha en 2017.
