“Por las buenas o por las malas”, Donald Trump quiere conquistar Groenlandia, territorio autónomo que desde hace más de dos siglos forma parte del Reino de Dinamarca. En Copenhague, la capital danesa, y en la groenlandesa Nuuk, se lo toman en serio. Se estudian antecedentes históricos (Alaska, Luisiana o las Islas Vírgenes) y paralelismos en otros puntos del planeta (Venezuela, Crimea, las Islas Marshall o Panamá). Se desempolvan viejos tratados. Se elucubra sobre cómo el presidente de Estados Unidos podría hacerse con la isla ártica. Se plantean soluciones. Y la inquietud crece entre las autoridades locales.
“Como dirigentes de los partidos políticos de Groenlandia, de nuevo subrayamos nuestra posición firme: que el desprecio de Estados Unidos por nuestro país debe terminar”, dijeron el viernes el primer ministro, Jens-Frederik Nielsen, y los líderes parlamentarios en Nuuk. Era la respuesta a las declaraciones más recientes de Trump, quien afirmó: “Me gustaría llegar a un acuerdo, ya saben, por las buenas. Pero si no lo hacemos por las buenas, lo haremos por las malas”. “Si no lo hacemos”, aventuró, “Rusia o China tomarán Groenlandia”.
Seis escenarios, basados en varias conversaciones con expertos y exdiplomáticos esta semana en Dinamarca:
1. La intervención militar
Después de la breve incursión estadounidense en Venezuela, el 3 de enero, las alarmas saltaron en Nuuk y en Copenhague. ¿Sería imaginable una operación parecida en Groenlandia? ¿Desplegará EE UU fuerzas especiales en este territorio 50 veces más grande que Dinamarca y con menos de 60.000 habitantes? Lo que tendría en común con la operación venezolana sería el uso de la fuerza y la voluntad de ejercer un control. Pero en este caso no se trataría de capturar a un líder extranjero buscado por la justicia estadounidense, ni simplemente de controlar a su Gobierno, sino de incorporar el territorio a Estados Unidos.
Podría suceder con violencia. Un puñado de tropas estadounidenses tomando el control de edificios estratégicos: el Parlamento, la policía, los medios de comunicación públicos, el aeropuerto. La bandera de las barras y estrellas ondeando en Nuuk.
“No es el escenario más probable, pero no puede descartarse totalmente”, analiza Jon Rahbek-Clemmensen, jefe de la sección de estudios estratégicos en el Real Colegio de la Defensa Danesa. Un sondeo del instituto Voxmeter, publicado este sábado, indica que un 38% de daneses cree que EE UU conquistará Groenlandia por la fuerza.
¿Cómo respondería Dinamarca? Militarmente, tiene poco que hacer. Pero en los debates sobre los escenarios se sugieren opciones, como un despliegue militar en la capital groenlandesa, a modo de señal a EE UU. Se cita una orden de 1952 que obliga a los soldados daneses a luchar si su territorio es atacado, lo que se aplicaría también ante un ataque estadounidense.
Lars Bangert Struwe, de la firma de análisis Geopol Strategi y antiguo responsable en la oficina estratégica del Ministerio de Defensa danés, apunta a una de las posibles complicaciones en este escenario: “Realizar operaciones militares en el Ártico es muy difícil, porque hace tanto frío que se necesita un personal muy preparado y bien entrenado. “Durante la II Guerra Mundial se vio”, dice. “El frío y las condiciones meteorológicas podrían matar más americanos que una invasión real”.
2. La guerra híbrida
La conquista podría ser más sutil. La presencia militar danesa en Groenlandia es escasa. Los estadounidenses cuentan con la base aeroespacial de Pituffik, y unos pocos centenares de soldados. “Podrían hacer como los rusos han hecho en el Polo Norte: plantar la bandera y decir que ahora es Estados Unidos”, reflexiona Jonas Parello-Plesner, director ejecutivo de la fundación Alianza de Democracias y exdiplomático danés con amplia experiencia en EE UU.
Sería un método parecido al que en 2014 utilizó el presidente ruso, Vladímir Putin, para anexionarse ilegalmente la península ucrania de Crimea. Rusia tomó el control con el despliegue de los llamados hombres verdes, soldados que no se identificaban como tales. Después, ratificó la anexión con un referéndum ilegal.
Constitucionalmente, un referéndum de independencia sería la condición para que, una vez que Groenlandia fuese plenamente soberana y desligada de Dinamarca, se adhiriese a Estados Unidos. Pero el proceso llevaría años, explica Parello-Plesner. “La única manera de hacerlo durante el periodo de Trump sería impulsando algo ilegal”, dice. “Como los rusos, [Trump] diría: ‘Ahora es nuestro’, y algunos países lo reconocerían”.
Antes de llegar a este punto, EE UU podría lanzar una “guerra híbrida”, según Struwe, “con los servicios de inteligencia estadounidenses intentando seducir al movimiento independentista groenlandés”. La presencia del vicepresidente estadounidense, J. D. Vance, y otros acólitos de Trump en los últimos meses, o la designación de un enviado especial de EE UU, el gobernador de Luisiana, Jeff Landry, apuntan en el sentido de un aumento de la actividad civil.
Es posible que el acoso al que Trump somete a la isla sea contraproducente y acabe acercándola a Dinamarca. Tras sucesivos acuerdos en 1979 y 2009, la economía de Groenlandia depende en gran parte de Dinamarca, pero disfruta de un autogobierno muy amplio. Hoy la mayoría de groenlandeses es favorable a la independencia, pero también una mayoría rechaza la anexión a Estados Unidos.
3. La disuasión (diplomática)
Lo insólito, para las personas consultadas en la política y el mundo académico, es estar contemplando como algo realista un ataque de EE UU a un país y territorio en el que ya está presente, y al que se supone que debe defender como aliado en la OTAN. Sobre el papel, las fuerzas estadounidenses deberían defender Groenlandia ante una invasión… Pero, ¿y si la invasión es estadounidense?
Militarmente, poco pueden hacer Dinamarca y sus aliados europeos, pero Parello-Plesner menciona otra opción, que ya está en marcha: la “disuasión diplomática” de los daneses y la Unión Europea. “Los americanos estarán aislados en la OTAN y, aunque Trump no es un gran admirador de la OTAN, está todo el sistema del Pentágono y el Congreso, donde hay un gran apoyo a la OTAN”.
Los congresistas en Washington ―demócratas y algunos republicanos― son la baza de la diplomacia danesa. No es sencillo. Trump, en una entrevista en The New York Times, dijo que “quizá haya que elegir” entre la OTAN y Groenlandia. Si no se aceptan sus demandas sobre Groenlandia, se acabó la Alianza Atlántica (y posiblemente el apoyo a Ucrania también).
4. La compra
En 2019, durante su primer mandato presidencial, y de nuevo hace un año al volver a asumir el poder, Trump ya declaró que quería hacerse con Groenlandia, y entonces dijo que su intención era comprarla. Pudo parecer una extravagancia, pero no sería la primera vez que Estados Unidos compra un territorio de otro país. Es más: sin estas adquisiciones, EE UU tendría una geografía distinta y no sería lo que es.
En 1803 EE UU compró a la Francia napoleónica Luisiana, un territorio entonces más extenso que el actual Estado de este nombre. Le costó lo que hoy serían 430 millones de dólares (370 millones de euros), según un cálculo de The Wall Street Journal. En 1867 compró Alaska a Rusia por 158 millones.
La compraventa de territorios tiene tradición, al menos hasta el final de la II Guerra Mundial y el establecimiento de un orden internacional más o menos basado en el derecho. Pero hay algo muy trumpiano en la voluntad de comprar un territorio como si fuese una propiedad inmobiliaria. Si se saliese con la suya, tampoco sería la primera vez que Copenhague entra en una transacción de este tipo con Washington.
En 1917, Dinamarca vendió lo que entonces se llamaba Indias Occidentales Danesas a Estados Unidos por 25 millones de dólares de entonces (hoy 633, según el cálculo citado). Hoy son las Islas Vírgenes de EE UU. En la web del Departamento de Estado, se explica la compra de una manera que ―salvando las distancias temporales, geográficas, y las dimensiones― recuerda a lo que aduce Trump para conquistar Groenlandia: “Principalmente por motivos estratégicos con el fin de asegurar la tranquilidad del Caribe”.
Hoy resuenan otros ecos de entonces. En el tratado de 1917 se leía: “Los Estados Unidos de América no objetarán a que el Gobierno danés extienda sus intereses políticos y económicos sobre la totalidad de Groenlandia”.
Trump ignora estos compromisos, pero tampoco es la primera vez que Estados Unidos quiere comprar Groenlandia. La última fue cuando el presidente demócrata Harry Truman, en 1946, planteó una oferta por 100 millones de dólares de entonces. Se trataba, para EE UU, de prolongar el control sobre la isla del que había disfrutado durante la II Guerra Mundial, gracias a un acuerdo con el embajador danés en Washington a espaldas de las autoridades de la Dinamarca ocupada por los nazis.
A Truman, Dinamarca le dijo no. Hoy daneses y groenlandeses vuelven a rechazar la oferta (y en todo caso serían los groenlandeses quienes deberían decidir, una vez independizados). “Groenlandia no está en venta”, dicen.
5. La asociación
Una de las opciones para, si no incorporar del todo a Groenlandia, sí acercarla más, sería mediante un Acuerdo de Libre Asociación (COFA, por sus siglas en inglés) como el que liga a EE UU con territorios del Pacífico como las Islas Marshall, los Estados Federados de Micronesia y la República de Palau. Según este escenario, “EE UU haría una oferta a Groenlandia, y esta lo aceptaría”, especula Rahbek-Clemmensen. “Formalmente Groenlandia se volvería independiente, pero entraría en una colaboración muy estrecha con EE UU y le daría, de facto, control sobre su propia política de seguridad y tal vez también sobre su riqueza mineral, a cambio de apoyo económico”. Los citados países del Pacífico mantienen su soberanía, pero, a cambio de ayuda económica, ofrecen acceso total a las Fuerzas Armadas estadounidenses.
“Esto no es imposible”, dice Parello-Plesner. “Pero tampoco es plausible, pues ya tenemos tratados. Lo que podría intentarse con Trump, que no es precisamente un hombre de detalles, sería reempaquetar el tratado actual [de 1951]: rehacerlo y decirle que es un tratado para él. Ya existe una especie de doble soberanía respecto a la defensa”.
6. El acuerdo
En Copenhague subrayan, al referirse a esta crisis, que el acuerdo de 1951 con Washington para la defensa de Groenlandia ya permite responder a muchas de las demandas estadounidenses respecto a la seguridad en Groenlandia. EE UU, según el acuerdo, tiene la posibilidad de “construir, instalar, mantener y operar instalaciones y equipamiento”, así como “mejorar y en general preparar la zona para el uso militar”. Al final de la Guerra Fría, Washington cerró las bases y solo dejó una abierta, pero podría abrir las que quisiera y aumentar la presencia militar. También invertir. Nada lo impide.
“Dinamarca y Groenlandia podrían ofrecer a EE UU una salida para la crisis, algo que no llevase al control político de Groenlandia”, señala Rahbek-Clemmensen, “pero que EE UU podría exhibir como una victoria, y así podríamos pasar página. Un nuevo acuerdo de defensa, por ejemplo, o una nueva legislación sobre las inversiones chinas, o un aumento del gasto militar”.
Hay un antecedente reciente de un país que Trump quería conquistar y del que, por ahora, parece haberse olvidado. Es Panamá y su Canal. “[El secretario de Estado de EE UU] Marco Rubio fue a negociar con ellos, hizo salir la compañía china, hizo entrar a compañías estadounidenses y a Trump le pareció un buen acuerdo”, dice Parello-Plesner. “Ahora se podrían renovar los tratados que ya tenemos, se podrían hacer proyectos comunes sobre los recursos minerales y las tierras raras. Aquí quizá hay una opción de acuerdo más bien amistoso”.
“La solución, añade Struwe, ”es conversar con los estadounidenses y prometerles que no habrá presencia china ni rusa en Groenlandia, de modo que las preocupaciones de seguridad no existan”. El problema de fondo es, añade, que Donald Trump “no ve [Groenlandia] como un problema de seguridad, sino como una manera para ampliar EE UU”.
En Copenhague creen que los acuerdos actuales permiten responder a las inquietudes sobre la seguridad y a la tensión con China y Rusia en un Ártico estratégicamente central. Más complicado será que Dinamarca y sus socios den una respuesta satisfactoria a la voluntad de Trump de proclamar que Groenlandia es suya, parte de los Estados Unidos de América.
